martes, 2 de junio de 2015

Arturo Precioso Garcelán 3º ESO D



Me disponía a girar el pomo de la puerta para reunirme con mis seres queridos cuando empecé a recordar todas aquellas cosas que viví con ellos.
Pero no son grandes historias, no, sino pequeñas frases que te marcan el día. Por ejemplo, mi madre no daba órdenes arquetípicas como: “Pon la mesa”, “ordena tu cuarto”, “¿qué haces que no estudias?”… sino que utilizaba expresiones más complejas, como: “parece que tienes el síndrome de Diógenes”, “no creo que los platos se pongan solos”, “¡Qué pena me da que hayas dejado abandonado al libro de lengua!”… Pero claro, como era pequeño no lo entendía, ya fuese por un vocabulario complejo o por el sarcasmo.
Mi padre solía intentar ayudarme. Por ejemplo, cuando me despertaba un lunes enfadado con el mudo, él me decía: “Tranquilo, que en cuatro días ya llega el viernes por la tarde”. Unas veces servía de consuelo, otras me hundía del todo.
Cómo olvidarme de mi tío, al que hace tiempo que no veo. Una vez me dijo: “Si alguien no es majo, lo rajas de arriba abajo”. Quizá sea por eso por lo que no me junté con él, pero tranquilos, no le suelo hacer caso.
Mi hermano a veces es un filósofo, como en aquella ocasión en que me preguntó: “¿Por qué apoyas al Madrid? ¿Alguna vez ha hecho algo por ti? Es más, ¿Algún equipo te ha hecho alguna vez algo malo?”. Me pareció una tontería, pero, si lo pienso bien, no puedo contestar a esa pregunta. Pero no pienses que es un  genio, una mañana gritó todo preocupado: “¿Dónde narices habéis dejado mis gafas?”. Me carcajeé en su cara. En su cara con sus gafas puestas, claro. Eso sí, por culpa suya me desperté a las siete de la mañana. Una de cal y otra de arena.
Mi primo mayor, que es algo fardón, se pidió una ensalada en un restaurante de comida rápida (el primero en la historia que lo hizo). Al reírnos de él nos preguntó:” ¿Qué pasa? ¿Creéis que este cuerpo latino se mantiene solo?”. Cómo no, las risas fueron a más.
Pero no todos los de mi familia dicen locuras. Mi abuela y mi tía son de dichos clásicos como “no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy”, “al César lo que es del César”, “perro ladrador, poco mordedor”…
Todo eso pude recordar en el momento de girar el pomo para ver a una familia que, con sus pros y contras, no cambiaría por nada.

Qué ganas de ver a todos, qué ganas de pasar una buena noche, qué ganas de reír más y más y qué ganas de escuchar más y más frases para poder escribir más historias sobre este grupo de personas tan magníficas.

Jesús Rosales Magallanes 3º ESO C


LA  VERDAD
Querida Ana:
Sé que en el siglo XXI no esperas recibir una carta de un amigo, pero creo que es lo mejor para contarte una aventura: me levanté un lunes por la mañana, como todos los días, para ir a trabajar; desayuné y cogí el coche para ir a mi trabajo. Todo parecía normal, hasta que llegué. Nadie me conocía, pero yo recordaba cada detalle de sus vidas, sus fracasos y sus ilusiones. Al principio pensaba que era una broma, pero cuando me echaron de allí, supe que pasaba algo. Tras esto, fui a ver mis padres, y ellos sí me conocieron. Después me pasé todo el día visitando a mis amigos; aquellos con los que tenía relación desde hace mucho tiempo, como tú, me reconocían, pero con los que llevaba relativamente poco, no lo hacían. Cuando llegué a casa, intenté recordar lo que hacía antes de despertarme esa mañana, pero solo veía mi simple y aburrida rutina. Fue entonces cuando decidí buscar a más gente a la que le hubiera ocurrido lo mismo, y solo encontré a una persona, un anciano al que tomaron por loco, que vivía aquí, en Madrid. Busqué su dirección y, sin darme cuenta, estaba ante una impresionante puerta de madera rojiza dentro de un arco de piedra; llamé y me abrió la persona que yo más deseaba ver en este mundo, el anciano. Entré en su casa y le conté lo que me había ocurrido; entonces, se puso muy contento y se fue corriendo a por algo, que resultó ser un mapa, pero no uno cualquiera, según me dijo el anciano, sino un mapa que servía para encontrar  la verdad sobre lo que me ocurrió y lo que le ocurrió a él. Le pregunté el por qué de tenerlo guardado en vez de buscar esa verdad, y me dijo que la buscó con todo su empeño, pero no consiguió resolver todas las pistas. Así pues, hice un trato con él: me dejaba el mapa, y, si llegaba hasta el final, él también podría ver la verdad.
Salí de la casa y fui al primer punto del mapa, pero indicaba lo alto de un edificio. Subí a la azotea y leí en el suelo: 1ª prueba, confianza. No sabía que ocurría, pero quería llegar hasta el final, estaba pensando en lo que tendría que hacer cuando la puerta que daba a las escaleras se cerró; estaba atrapado. Miré hacia abajo, hacia la calle, sin acordarme de mi miedo a las alturas y comprendí lo que tenía que hacer. Debía superar ese miedo saltando al vacío, y así lo hice, salté y para mi sorpresa estaba en la calle de pie, justo donde tenía que haber caído, con el mapa en la mano. Fui siguiendo el mapa y realizando todas las pruebas, hasta que llegué a la última, donde estaba la verdad, pero no tenía sentido. Estaba en una habitación minúscula, sin más luz  que la que salía de la cerradura de una puerta vieja de madera.
Miré a través de la cerradura, pero la luz me cegaba, por lo que decidí abrirla cuidadosamente. Cuando entré, lo vi, vi la verdad, pero no solo la explicación de mi problema, la explicación de todas las preguntas que se ha hecho la humanidad a lo largo de la historia.
Cuando salí de ahí, fui a ver al anciano, pero no estaba; solo estaba la puerta rojiza, en la que había un papel que rezaba: bien hecho. Al ver esto, me di cuenta que desde el principio, todo era una prueba, para demostrarme a mí mismo de lo que soy capaz.
Si quieres que te cuente lo que vi, la verdad, ven el día 23 de abril a la Plaza Mayor a las 7 de la tarde.
Besos

Jesús

Primer Premio: Irene Vera Yuste 4º ESO B


                                                           La última superviviente

Madrugada del 17 de julio de 1917, Ekaterimburgo, Rusia.
El cañón del arma apuntaba directamente hacia mi pecho. La realidad de que íbamos a ser ejecutados me golpeó como un puñetazo físico, tangible. Parte de mi vida pasó ante mis ojos: aquel horrible invierno en el que perdimos a mi madre. Mi llegada y la de mi padre a San Petesburgo. La primera vez que vi a Alexis. EL primer paseo a caballo con Olga. Los paseos con Nicolás. Los consejos de Alejandra. Los juegos de mesa con María y Tatiana. Anastasia, mi mejor amiga.
Desde el primer momento, la familia Romanov había sido amable con nosotros y nos había aceptado a mi padre y a mí (él era el médico de la familia real). Habíamos pasado por momentos felices y tristes. Sonrisas y lágrimas. Nos quedaba toda la vida por delante y allí estábamos, colocados como si nos fueran a hacer una foto, preparados para el fusilamiento.
Yo no era capaz de escuchar el discurso que estaba pronunciando el bolchevique, sólo escuchaba un continuado pitido. Me temblaba el cuerpo y estaba segura de haber palidecido, pues tenía miedo. Mucho miedo.
Miré a Anastasia y ella también dirigió su mirada hacia mí. A pesar de tener diecisiete años (dos más que yo) su rostro reflejaba auténtico terror y las lágrimas asomaban por sus ojos  y se deslizaban por sus mejillas. Tomé su mano y la estreché con firmeza como diciendo: <<Todo va a ir bien>>, aunque todos sabíamos que no iba a ser así. Mi padre me tocó el hombro con afecto y me dedicó una sonrisa paternal al tiempo que gesticulaba un <<Te quiero>> casi me eché a llorar, pero en vez de eso, le respondí : <<Yo también>>.
Los pitidos de mis oídos cesaron y Anastasia se tensó a mi lado. En menos de lo que dura un latido, los bolcheviques comenzaron a dispararnos. El primero en caer fue el zárevich Alexis, que enseguida moriría desangrado a causa de la hemofilia. Después mataron al zar. Acto seguido, sentí un impacto en el pecho, a la vez que Anastasia caía y me arrastraba con su peso. Aterricé en el duro suelo, y el pánico y la confusión se apoderaron de mí. La mano de Anastasia estaba inmóvil y me estremecí cuando sentí un líquido cálido que bajaba por su mano y se deslizaba entre mis dedos, aún entrelazados entre los suyos.
Sólo se oían gritos y disparos. Intenté relajarme y empecé a contar los disparos hasta que cesaron. Ciento tres. Eso sólo sirvió para ponerme más nerviosa todavía.
Cerré los ojos. Ahora únicamente se oían los pasos de los soldados arrastrando los cadáveres. Unas repentinas ganas de llorar intentaban apoderarse de mi autocontrol, pero hice acopio de fuerzas de flaqueza y me serené. Mi cerebro trabajaba ahora a toda velocidad, pragmático y calculador. Había una sola posibilidad de sobrevivir y era hacerles creer que estaba muerta. Ya habría tiempo de derrumbarse.
Nos arrastraron por el suelo hasta un camión. Nos amontonaron como si fuéramos sacos de harina. Calculé el tiempo que habíamos tardado desde arrancar hasta aquel momento. Diez minutos, lo suficiente como para estar bien lejos de “La mansión del propósito especial”.
Hice acopio de todo mi valor y, sin pensármelo dos veces, salté del camión en marcha, aterrizando sobre un montículo de nieve. Eché a correr, sin mirar atrás, tan deprisa como mis piernas me lo permitían. Si no recordaba mal, a no mucha distancia de allí había una aldea.
Hacía mucho frío y apenas sentía mis extremidades. ¿Por qué no estaba muerta? Esa pregunta asaltó mi cabeza de improviso. Sentí que el cuerpo me pesaba más de lo normal. Entonces caí en la cuenta: las joyas. La zarina y sus hijas habían introducido todas sus joyas entre los dos corsés que yo llevaba, por si yo lograba escapar, para sobornar a los guardias y conseguir ayuda. Por eso las balas no me habían herido. Por eso estaba viva. Si lo hubiésemos sabido... Pudimos habernos salvado todos.
Había llegado ya a la aldea y localicé una posada, en la que entré. Sin decir nada, saqué de mi corsé un anillo de oro con diamantes incrustados de Tatiana y lo deposité sobre la mesa. El posadero se quedó boquiabierto, pero sin mediar palabra, me hizo entrega de la llave de una habitación.
A la mañana siguiente me dirigí hacia la estación de trenes y me acerqué a la taquilla.
–Un billete para París, por favor. –Le pedí al hombre. Allí estaría a salvo.
– ¿Y el visado de salida?  –Me espetó de mal humor.
–No tengo.
–Pues no hay billete sin visado de salida. –Se inclinó, gritándome a la cara.
Saqué un collar de zafiros de Olga de entre los corsés y se lo entregué. Le señalé el billete que tenía encima de la mesa. Me miró muy sorprendido y antes se que pudiera preguntar algo más, cogí el billete y me  marché.
El viaje en tren fue un trayecto largo y duro, debido a la guerra. Tuve que ocultar mi edad, para que no me llevaran a un orfanato.
Cuando al fin llegué a París, me dirigí al único lugar en el que estaría a salvo: en el palacete de la emperatriz viuda, la madre del zar Nicolás. Al principio no quisieron recibirme, pero en cuanto ella me vio, salió corriendo de la casa y gritó:
–¡Lyubov! –(Significa “cariño” en ruso) y nos fundimos en un emotivo abrazo.
Aquella noche lloré, como nunca lo había hecho, pues lo había perdido todo.
Mañana del 13 de julio de 1979, San Petesburgo, Rusia.
Mi nieta y yo caminábamos por el interior del palacio de invierno, mi hogar. Ahora era un museo. Estaba todo igual. Sin embargo, mis achaques me impedían salir corriendo y besar y abrazarlo todo, como una chiquilla.
Marie Claire, mi nieta, se quedó pasmada, admirando un retrato de toda la familia real en el que aparecíamos también mi padre y yo, a mis quince años. Ella y yo, éramos exactamente iguales: tez blanquecina, ojos grises como el humo de las fábricas, cabello rubio pálido...
No pude contenerme, y varias veces tuve que corregir al guía, un jovencito de veintitantos años. Le molestaban bastante mis aclaraciones y me preguntó:
–¿Usted quién se ha creído que es? –Irritado, colocó sus brazos en jarras.
Alcé la barbilla y con el orgullo de la aristócrata que en realidad era, le contesté:
–Jovencito, yo soy Irina Sphalkiöv, hija del doctor Sphalkiöv. Vámonos Marie Claire.
Sin esperar respuesta, ni girarme a comprobar el asombro de los allí presentes, mi nieta y yo nos marchamos.
En el avión, la chica me pidió explicaciones y yo se las di. Se quedó completamente anonadada.
Al llegar a París, enfermé y le regalé a mi nieta el camafeo de los Romanov. Le pedí que les contara a todos mi historia y todo lo que pasó.

Cerré los ojos con fuerza. Los volví a abrir y me hallaba ante una puerta roja. La abrí y me encontré en el salón de baile del palacio de invierno. Allí estaban todos los Romanov, sonriéndome y esperándome para bailar. Estaba en el cielo. Al fin.

Rebeca Rojo Cubero 4º ESO A


Miraba continuamente aquella cerradura que me separaba de mi mundo, al que tanto amaba.
Esperaba que ella siguiera allí, al otro lado, con esa respiración que me recordaba a la mejor de las Estaciones de Vivaldi, y que, desde que la conocí, se había convertido en mi melodía favorita.
Más de una vez intenté reunir el valor suficiente para acercarme a aquella tosca cerradura y tratar de darle a mis oídos el placer de volver a escucharla, aunque todos estos intentos fueron en vano, pues jamás fui capaz. Quizás fue el miedo a no encontrarla lo que acabó con la valentía que sólo ella era capaz de hacerme sentir.
Todavía sonreía con el recuerdo de su presencia. Sonrisa que  siempre acababa inundada por lágrimas de desesperación e impotencia, que son las más amargas.
Y quizá, como Neruda, yo sí esté preparado para escribir los versos más tristes esta noche. Quizá incluso supere a Sabina en dolor, porque en olvidarte ya he tardado más de 19 días y de las noches, perdí la cuenta en la 501.
Sin embargo, en mis momentos de lucidez, me sentía estúpido. Estúpido por haberte dejado encerrarme en esta cárcel, de amor, que tanto me había aislado y que, contra todo presagio, tampoco me había acercado a ti.
Porque a ti, hablarte de amor es como romperle al pintor el pincel justo antes de acabar su obra. Como cortarle la cuerda a un equilibrista cuando sólo le quedan unos centímetros para volver a pisar tierra firme, o como obligar a un paracaidista a abrir el paracaídas antes de tiempo, sin dejarle disfrutar de la parte libre de su caída.
Es cortarle las alas a la mejor nota de la Primavera de Vivaldi.
Y es por eso que acabé encerrado en mi mismo, cárcel de amor, antes que obligarte a amarme y sentirme como cortando a la más  bella flor

Lucia Santonja Huete 4º ESO C



Buscando una llave.
¿Lo puedes ver? ¿Lo puedes sentir? ¿Lo puedes oír? La puerta está cerrada, no se abre, lleva varios años cerrada; año tras año, nada cambia. La puerta no se abre, ¿sabes de qué puerta hablo?
La puerta de mi corazón se cerró; ahora solo hay soledad. Nada ni nadie consigue abrirla; nadie tiene esa llave que tanto tiempo llevo buscando.
Estupido mundo, ¿dónde has escondido la llave?, ¿por qué has cerrado la puerta de mi corazón, la puerta de la felicidad?.
Me hiciste caer, que me diese de bruces con la realidad, y se cerraron, se cerraron las puertas. Ahora lo único que queda son un par de cervezas vacías alrededor.
La llave no esta ahí.
¿Qué pasó? Lo que estaba bien, ahora esta fatal.
No encuentro la salida de este terrible laberinto donde se encuentra la llave; está bien escondida; paso los días buscándola.
¿En esto consiste la vida? ¿En dedicarnos a buscar siempre esa llave?
Entupido mundo, que te muestras perfecto para los demás. Te maquillas demasiado, te peinas, te repeinas, te vistes elegante, eres como esas modelos de la televisión.
Dame una pista, una huella, una señal, algo, lo que sea para seguir buscando, para poder abrir esa puerta.
¿Es el infierno lo que nos espera si no encontramos esa llave? Siento que me quemo, como si estuviese hecha de cera.
Acabo rendida de tanto buscar y me duermo, y sueño.
Sueño con algo precioso, con que encuentro la llave, con que la puerta se abre.
Despierto. Nada de lo que ha pasado es verdad.  Ojalá los sueños se hiciesen realidad.
Realmente busco desesperadamente esa llave, porque quiero abrir esa puerta. Quiero saber que es lo que hay detrás de la puerta de la felicidad.
Ya he perdido la cuenta de las veces que caí rendida por no encontrar la llave.
Ya no puedo seguir buscando, ahora solo quiero llorar, pero mis lágrimas, simplemente, están vacías.
Me vuelvo a parar delante de la puerta; sigue cerrada, y yo sigo sin encontrar la llave.
La observo, he oído muchos rumores sobre lo que hay detrás. Pero… ¿acaso esos rumores son reales?
¿Y si la llave que tanto busco…. fuese la muerte? No lo sé, espero que no.
Necesito una respuesta.
Me siento vacía, como un globo al que han pinchado.

Necesito esa llave, necesito abrir esa puerta. Tengo que seguir buscando…

Primer premio: Alejandro Rosales Huergo 1º Bachillerato B



¿Es un libro más libre que su autor?

El autor puede escribir su libro, pero el libro no puede escribirse a sí mismo, sin embargo, el libro es libre; libre como la luz que pasa a través de la cerradura de la puerta. Esa puerta que impide al autor ser un hombre libre. Es la puerta de los prejuicios y del miedo a ser uno mismo.
El hombre nace libre pero por todos lados esta encadenado; no son ataduras físicas, sino de la mente, que el hombre se impone a sí mismo o le son impuestas por la sociedad, la cultura y el tiempo. El miedo al fracaso, el miedo a no conseguir la aprobación de los demás. Pero un libro no tiene miedo; un libro es creado a partir de una opinión o una idea libre y así se mantiene. El autor escribe para sí mismo, por gusto. Cuando escribe es libre de opinar o escribir lo que desee, utiliza el libro como esa llave que abre la puerta del miedo y le conduce a la libertad.
El hombre deja de ser libre al estar condicionado por el pensamiento de otros hombres, por sus juicios. Un hombre verdaderamente libre es aquel que no está limitado por la opinión de otros, no tiene miedo al rechazo de su pensamiento; es valiente al pensar por sí mismo, no conoce el miedo y si lo conoce, es capaz de superarlo. La cuestión: ¿Qué dirán? No le afecta. Siendo esta una de las más fuertes cadenas que detienen al progreso humano, él, libre, las rompe. Al ser diferente se le llega a llamar loco, pero son los locos los que dan cuerda a la historia.
En ocasiones nuestro humor nos condiciona; la negatividad nos priva de la libertad de ser felices. Por eso hay que entrenar a la mente para ver lo bueno en todo. La prisa nos agobia y nos perdemos los detalles. La vida es bella, solo hay que pararse a mirarla. Es bella, por el simple hecho de que ningún día es igual al anterior o al siguiente y es nuestra responsabilidad el escoger ser libres, Pues solo la plena libertad nos puede dar la verdadera felicidad.

Gema Camino Bravo 1º Bachillerato A



Vivía en un pueblo muy pequeño. A penas llegaría a los 100 habitantes. Era de esa clase de pueblos en los que todo el mundo se conoce, de los que se ven en las películas de miedo. Y, al igual que esos, ocultaba un secreto.
Cuando era un niño, solía jugar en la casa abandonada que había a las afueras, cerca de mi hogar. Por esa zona nunca pasaba nadie, y yo no entendía por qué. Siempre había querido entrar en aquella mansión, pero, por más que lo intentaba, parecía imposible abrir la puerta de entrada. Parecía una puerta normal, quizás incluso frágil, hecha únicamente de madera. Pero estaba cerrada con llave, la cual nunca logré encontrar. Debo confesar que hubo veces que intenté forzarla, cuando llegué a la adolescencia. Pero todos mis intentos fueron vanos. Recuerdo una vez, cuando uno de mis vecinos pasaba al lado de la casa, mientras estaba tratando de desbloquear la puerta. Yo tendría entonces unos quince años, la edad en la que todo parece injusto y el mundo está contra ti. El hombre en cuestión se acercó a mí corriendo y gritando como si fuera lo peor del planeta. Me advirtió que dejara de intentar abrirla, y yo pensé que estaba loco. Si tan sólo le hubiera hecho caso, todo habría sido diferente.
En mi décimo octavo verano, aposté con mis amigos que ninguno de ellos podría entrar en aquel edificio. Él, que siempre aceptaba los retos, se hinchó de orgullo y dijo que esa misma noche lo haría. Ahora me avergüenzo de haberle movido a hacerlo. Era sólo un niño.
Por la noche, fuimos los dos juntos a la casa. Le insté a que lo intentara, llamándole cobarde y otras cosas peores. Él tenía mucho miedo, pero aun así se aproximó a ella. Dedicó mucho tiempo a intentar abrir la puerta, pero resultó imposible conseguirlo. Fue entonces cuando tuvo una idea extraordinaria en su simplicidad. Trepó a uno de los árboles que había junto al edificio, tratando de subirse al tejado del porche. Una vez allí se acercó, manteniendo a duras penas el equilibrio, a una de las ventanas. Debo admitir que mi orgullo estaba herido al ver que él, al primer intento, iba a conseguir lo que yo llevaba años intentando. Estaba molesto porque no se me hubiera ocurrido antes. Por fin, tras lo que pareció una eternidad, consiguió llegar a una ventana. Riéndose de mí, la golpeó para romperla, sin conseguir, para nuestra sorpresa, ni tan siquiera quebrarla lo más mínimo. Lo único que percibí tras esto, fue el grito desgarrador de mi amigo. Un segundo más tarde, cayó al suelo. Han pasado 10 años y aún sigue en el hospital. Nunca logró despertar del coma causado por el traumatismo.
Después de esta catástrofe, yo no podía dejar de preguntarme cómo era posible que se hubiera caído, estando como estaba sujeto a la ventana, y con varios metros de tejadillo tras él. Pasados dos años, seguía sin haber superado la culpa que sentía por su pérdida. Hoy en día, sé que fui el único culpable de lo ocurrido.
Tras un tiempo aprendí a vivir con ello, como se hace con todo. Tuve una preciosa hija con mi novia de la universidad. Apenas tiene 4 años. Desde que era un bebé, le prohibí terminantemente acercarse a la casa. No quería que aquello volviera a suceder. Pero llegó un día en el que la vida me devolvió el daño que había hecho.
Llevaba en el coche a mi niña al colegio, su primer día. Es un vehículo muy antiguo. Mi mujer siempre insiste en que compre otro, pero le tengo un especial cariño. Justo frente a la casa, el motor dejó de funcionar. Tras intentar arrancarlo varias veces, en vano, decidí ir a pedir ayuda. Para mi sorpresa, la puerta de la casa estaba abierta. Me acerqué a ella, movido, como siempre, por la curiosidad. Al entrar, me di cuenta de que no tenía nada de especial. Sólo era una vieja mansión abandonada. Salía, decepcionado y pensando en buscar ayuda de nuevo, cuando vi grabadas en el suelo unas letras. Me agaché para leerlas y descubrí, horrorizado, que era mi nombre, con mi fecha de nacimiento y la fecha del día en el que estaba. Me alejé, aterrorizado, y corrí de vuelta al vehículo. Subí y traté de arrancarlo, haciendo caso omiso de las preguntas de mi preocupada hija, confundida por mi actitud. Cuando conseguí ponerlo en marcha, comencé a conducir de nuevo hasta llegar a la autovía. Allí fue cuando el motor se volvió a detener. Salí del coche, llevando a mi hija conmigo lo más rápido que pude. Entonces sentí el impacto, y el dolor. Un dolor intenso, que no me permitió escuchar nada más que los gritos de mi niña.
Han pasado dos años. O tal vez no. Es difícil calcular el tiempo aquí. Estoy solo, sólo yo en una habitación. Mi única visión es la maldita puerta de la mansión, vista esta vez desde el interior, por cuyo cerrojo se cuela una intensa luz. No sé qué significa esto. Desperté aquí, solo. Lejos de sentirme abandonado, me alegro de que mi hija no esté. Quizá ella haya muerto, haya conseguido dar el siguiente paso. Lo espero de verdad. Yo he tratado de abrir la puerta tantas veces que no las puedo contar. Ya me he dado por vencido.
Mi única petición es esta: por favor, si pasas por mi pueblo, ese pequeño pueblo de 100 habitantes donde todo el mundo se conoce, no te acerques a la casa. Simplemente pasa de largo. No merece la pena.